Durante los años ochenta, el Fantasma de las Bragas Rotas amasó una gran fortuna con todos aquellos "veinte duros" que le daban los inquilinos de la habitación del hotel "para que se comprara unas nuevas". Una fortuna que, una vez inaugurada la nueva década y aún hasta en la actualidad, ha ido gastando en videntes, tarotistas y mediums tratando de averiguar por qué ha sido condenado al olvido, y en psicólogos, ansiolíticos y antidepresivos al no obtener respuesta por parte de ninguno de ellos.





